VIGILIA COLONIAL

VIGILIA COLONIAL

CARTÓGRAFOS MILITARES ESPAÑOLES EN MARRUECOS (1882-1912)

URTEAGA GONZÁLEZ, JOSÉ LUIS

75,00 €
IVA incluido
No disponible en este momento
Editorial:
BELLATERRA, S.A. EDICIÓNS
Año de edición:
2006
Materia
Historia
ISBN:
978-84-7290-339-5
Páginas:
264
Encuadernación:
Otros
Colección:
ALBORAN

El establecimiento del Protectorado de España en Marruecos, en 1912, constituye el epílogo de un proceso geopolítico iniciado décadas atrás que venía a culminar el reparto de África entre las potencias europeas. La partición de Marruecos estuvo precedida de un largo período de penetración comercial, cultural y política, durante el cual se elaboró un nuevo corpus de conocimiento geográfico sobre el Magreb. Viajeros, misioneros, diplomáticos y militares participaron en la elaboración de ese conocimiento, que primero legitimó la acción imperial, y luego sirvió de soporte a la práctica colonial.


Este trabajo pone el foco sobre uno de esos agentes del imperialismo. En concreto, estudia las actividades desarrolladas en Marruecos por la Comisión de Estado Mayor creada en 1882 con el fin de reconocer y cartografiar el territorio del Imperio alauí.


El período estudiado se extiende durante las tres décadas que precedieron a la instauración del Protectorado, una etapa durante la cual los gobiernos de España y Marruecos mantuvieron relaciones diplomáticas plenas. La investigación se cierra en 1912, cuando la época de la «penetración pacífica» había tocado a su fin y había dado comienzo el ciclo de guerras coloniales que marcarían trágicamente tanto la historia de Marruecos como la de España.


Las misiones asignadas a la Comisión de Estado Mayor en Marruecos (en adelante, para abreviar, Comisión de Marruecos) eran de naturaleza diversa: recabar información sobre la situación política del Imperio y sobre las elites marroquíes, realizar tareas de inteligencia militar, efectuar descripciones geográficas de las ciudades y territorios reconocidos, y llevar a término levantamientos cartográficos. Sin descuidar los otros elementos, el énfasis de la investigación realizada recae en los mapas.


La hipótesis asumida es que los mapas constituyen un buen «marcador» de los proyectos imperiales y de las estrategias del imperialismo. La cartografía revela con particular claridad las prioridades de la acción política, y también pone al desnudo sus limitaciones. Se parte aquí de la premisa de que la documentación cartográfica constituye una fuente usualmente más solvente que los discursos, los artículos, los libros de viaje y los relatos de exploraciones. Hacer discursos y escribir libros es barato. Los viajes de «exploración», que podían ser muy rentables en términos de propaganda colonial, constituían una operación puntual relativamente económica. Hacer mapas, en cambio, es muy caro y requiere mucho trabajo. Antes de la era de la fotogrametría, los levantamientos cartográficos exigían movilizar equipos de expertos y mantenerlos sobre el terreno mucho tiempo. También era precisa una costosa inversión adicional para dibujar los mapas y, eventualmente, imprimirlos. Los mapas marcan la diferencia entre propaganda colonial y acción imperial. Es poco concebible una política imperial ambiciosa sin cartografía. Los mapas también mienten, pero su sesgo puede descubrirse con relativa facilidad.


La carrera colonial iniciada en la década de 1880 por las potencias europeas en África se efectuó sobre territorios que estaban poco o nada explorados (por los europeos), y aún mucho peor cartografiados. Al analizar el estado de la cartografía a finales de la década citada, un experto señaló que de todo el continente africano tan sólo 518000 kilómetros cuadrados habían sido objeto de levantamientos cartográficos regulares. Para el resto del inmenso continente había tan sólo mapas generales de pequeña escala, que cubrían aproximadamente un 41% del área total, y cartas de las principales vías de comunicación, con una cobertura adicional del 21%. Para el holgado tercio restante no existía ningún tipo de cartografía que pudiera considerarse fiable. Con la excepción de las colonias de asentamiento, como Argelia, que contaban ya con una administración colonial establecida, no había siquiera organizaciones cartográficas capaces de acometer levantamientos sistemáticos.


En este contexto, la labor cartográfica de la Comisión de Marruecos reviste un marcado interés. Los mapas de los cartógrafos militares españoles pueden considerarse los primeros documentos geográficos precisos sobre el territorio marroquí. En especial, los planos urbanos formados entre 1882 y 1912 constituyen un corpus documental de incalculable valor para conocer la morfología de las principales ciudades del Imperio, antes de que la expansión urbana del siglo xx alterase profundamente sus dimensiones y estructura.


Existe una literatura geográfica relativamente abundante dedicada a las relaciones entre imperialismo y geografía, y en particular a la acción española en Marruecos. Como es lógico, la mayor parte del esfuerzo erudito se ha centrado en la etapa colonial que arranca en 1912.3 Los estudios sobre el período precolonial se han orientado, en su mayoría, hacia instituciones con un alto grado de visibilidad pública, como la Sociedad Geográfica de Madrid, o la Sociedad Española de Africanistas y Colonistas. En parte esto es natural, ya que las sociedades citadas se constituyeron en plena fiebre neocolonial. A través de sus boletines y revistas se dio publicidad a determinados viajes y exploraciones, y se difundieron reiteradamente los supuestos «derechos históricos» de España para ocupar determinados territorios en África. Las propias sociedades geográficas efectuaron propuestas específicas de colonización, organizaron conferencias y congresos de temática colonial, y trataron de actuar como grupo de presión respecto a la política del gobierno español en África. La idea general que se desprende de tales investigaciones es que la Sociedad Geográfica de Madrid actuó como una especie de buque nodriza del neocolonialismo. En su seno, según la interpretación más extendida, se habría gestado la política colonial, y de ella habrían partido las principales iniciativas africanistas.


Este estudio se aparta un tanto de esta interpretación, y pone en tela de juicio algunas de sus hipótesis. En lugar de examinar el discurso o la retórica colonial, el acento se desplaza hacia instituciones «discretas», vinculadas directamente con la acción: el Estado Mayor del Ejército y su principal organismo cartográfico, el Depósito de la Guerra. He trabajado esencialmente con fuentes primarias: los mapas formados sobre el terreno, que en su mayor parte han permanecido inéditos, y los informes reservados que los cartógrafos remitían desde Marruecos a Madrid. En concreto, la investigación se apoya en el examen de un conjunto de más de medio centenar de planos y mapas manuscritos que se conservan en el Centro Geográfico del Ejército (Madrid). La peripecia biográfica de los autores de tales mapas se ha podido reconstruir a partir de los fondos del Archivo General Militar de Segovia. Los cartógrafos cuya obra es aquí examinada publicaron poco, o nada. Pero sus informes inéditos permiten trazar un cuadro bastante realista de lo que se pretendía hacer en Marruecos, y de lo que efectivamente se hizo.


No soy el primero que se ocupa de esta etapa de la cartografía dedicada al Magreb. Como cabría esperar, la historiografía militar española ha proporcionado las primeras noticias, y su propia interpretación, de la acción desarrollada en Marruecos. Y lo ha hecho en dos momentos significativos.


En 1910, con motivo de una publicación conmemorativa del primer centenario de la creación del Cuerpo de Estado Mayor, el coronel Gómez Vidal reivindicó por primera vez la labor de la Comisión de Marruecos e identificó a los cartógrafos responsables de ella. Los trabajos cartográficos efectuados en Marruecos constituían para Gómez Vidal una brillante ilustración de la capacidad científica del Cuerpo de Estado Mayor y, a su vez, formaban parte integral de la «misión civilizadora» europea. La guerra del Rif erosionó con rapidez tamaño optimismo. Habrán de transcurrir más de treinta años para que otro militar, el coronel Manuel Lombardero Vicente, vuelva a ocuparse del tema. En 1946 el Servicio Geográfico del Ejército, cuya jefatura ostentaba Lombardero Vicente, organizó una exposición sobre cartografía africana, patrocinada por la Dirección General de Marruecos y Colonias.9 El coronel Lombardero Vicente había estado destinado como cartógrafo en la Comisión Geográfica de Marruecos en los años veinte del siglo pasado, y su incursión histórica, que se ciñe esencialmente al período que media entre 1881 y 1888, tiene el estilo de una orgullosa (y comprensible) reivindicación de unos trabajos que consideraba precedentes directos de su propia obra. Es seguro que en la preparación de la exposición de 1946 participó asimismo otro veterano cartógrafo del Estado Mayor, el teniente coronel Manuel García-Baquero, responsable por entonces del archivo de planos del Servicio Geográfico del Ejército. García-Baquero redactó poco después un extenso informe descriptivo, dando cuenta de las actividades de la comisión del Estado Mayor en Marruecos desde 1882 hasta 1900, que desgraciadamente ha permanecido inédito. Siguió, a partir de entonces, un abandono total del tema por parte de la historiografía militar.


El presente libro se apoya en los precedentes citados, aunque busca deliberadamente un encaje historiográfico distinto. Lo que aporta de nuevo es: 1) la identificación de todos los cartógrafos de la Comisión de Marruecos desde su creación hasta 1912, y la especificación de su trayectoria biográfica; 2) una descripción detallada de sus rutinas de trabajo en territorio marroquí; 3) una relación completa de los mapas levantados, tanto los publicados como los inéditos, y 4) un examen del cambiante contexto geopolítico en el que debió moverse la acción exterior española.


Los «sueños imperiales» desplegados sobre Marruecos acabaron en una auténtica pesadilla. Tal desenlace no dependió sólo de errores de planificación o de la irracionalidad en los propósitos. Dependió también, críticamente, de la dinámica contingente e imprevisible de los conflictos de poder. De los conflictos internos, propios de la sociedad marroquí, y de los conflictos externos que enfrentaron a los poderes imperiales. En las páginas que siguen se intentará mostrar la lógica del Estado Mayor y del Depósito de la Guerra al diseñar sus objetivos de conocimiento geográfico. Y también las limitaciones con las que operaban y los imponderables que debieron afrontar. El estudioso del pasado adopta una óptica privilegiada: conoce el desenlace de los acontecimientos. Si el resultado fue calamitoso, es fácil proyectar hacia atrás una sombra de incompetencia o de irracionalidad. He tratado de no sucumbir a esta tentación, mostrando la congruencia de las decisiones tomadas de acuerdo con lo que se sabía, o con lo que se podía hacer, en cada momento.


El imperialismo no supuso únicamente la transferencia de personal, de saberes y de técnicas desde la metrópoli hasta la periferia. El conocimiento adquirido en África ayudó a reformular la política imperial. Los «africanistas» se formaron en Marruecos, pero regresaron a la península con sus propios valores, ideas y aspiraciones. En la medida de lo posible, he tratado de esclarecer algunos de los caminos de retorno de la proyección imperial.


Vigilia colonial forma parte de un proyecto de investigación más amplio, emprendido hace algunos años con mis colegas José Ignacio Muro y Francesc Nadal, que pretende abordar un análisis global de la cartografía española de Marruecos de 1859 a 1956. En esa dirección hemos publicado algunos estudios conjuntamente;11 sin embargo, el interés preferente concedido a otras líneas de investigación nos forzó a abandonar, temporalmente, la vía emprendida. Con la aquiescencia de mis colegas, he retomado el tema, pero esta vez en solitario. Soy, por tanto, el único responsable de las deficiencias que pueda tener este libro.


El estudio se organiza en nueve capítulos que se suceden cronológicamente. El primero describe la organización de la Comisión de Marruecos, identifica a sus componentes iniciales y da cuenta de la agenda de trabajo que les fue asignada. En el segundo se analiza el desfase existente entre las expectativas que podían albergarse en el Depósito de la Guerra y la compleja realidad del trabajo de campo en Marruecos. Se describe la técnica de levantamiento elegida por los comisionados, que inicialmente consistió en la formación de cartas itinerarias, el instrumental utilizado, las condiciones de trabajo y los resultados obtenidos desde 1882 hasta 1884. La labor discreta de los cartógrafos del Estado Mayor en Marruecos tuvo su contrapunto en dos actos de afirmación imperial: la reclamación e intento de demarcación de Santa Cruz de Mar Pequeña (Ifni) y la proclamación de derechos sobre las costas del Sahara. Las discusiones eruditas de la Sociedad Geográfica de Madrid respecto a la «verdadera» localización de Santa Cruz de Mar Pequeña, y su tono políticamente elevado, se ponen en contraste con el pragmatismo de quienes visitaron realmente aquellos pagos. En este contexto, en el tercer capítulo se analizan los escarceos diplomáticos sobre Ifni, y la función geopolítica que desempeñaban.


La Comisión de Marruecos fue reorganizada y sensiblemente reforzada en 1884, cuando arreciaba la carrera colonial en África. Los capítulos cuarto y quinto evalúan el trabajo cartográfico efectuado desde aquella fecha hasta 1893, prestando una atención especial a la formación de planos urbanos. La crisis de Melilla de 1893 forzó a un cambio en los planes del Depósito de la Guerra. El proyecto inicial de levantar un mapa general del Imperio a escala 1:100000 fue abandonado, y sustituido por una noción aun más ambiciosa: formar los mapas de Marruecos a escala 1:50000, con representación del relieve mediante curvas de nivel. Los capítulos sexto y séptimo estudian este cambio de planes y describen los levantamientos realizados de acuerdo con esta nueva directriz.


La gran crisis colonial de 1898 vino a desbaratar esta estrategia. El capítulo octavo describe cómo la política española en África se entretejió con las de Francia y Gran Bretaña, y de qué modo esto afectó a las actividades conducidas en Marruecos.


El noveno, y último, pone de relieve con crudeza las limitaciones del esfuerzo de información realizado hasta 1909. A la hora de la verdad, se carecía de los mapas que más falta hubieran hecho: los de la región oriental del Rif. La investigación se cierra con unas conclusiones, y con la relación de las fuentes y bibliografía utilizadas.


Los problemas que presenta la adecuada transcripción de topónimos son particularmente insidiosos. En la documentación cartográfica que he manejado en la preparación de este trabajo he encontrado el topónimo Xauen escrito de los modos siguientes: Xexauen, Chauen, Chaouen, Chefchaouene, Chefchaouen, Chechaouene, Chechaouen, Chechuen y Sawan, además del citado Xauen. Para superar la incertidumbre he transcrito los nombres de lugares tal como aparecen citados habitualmente en castellano (especialmente los de la futura zona del Protectorado Español de Marruecos) y francés (para el resto del territorio). Además, algunos de los usos toponímicos variaron entre 1881 y 1912.


En estos casos he optado por referir el uso más repetido. Para aquellos nombres de lugar que son hoy de uso común en la literatura geográfica, y que difieren del término tradicional castellano, por ejemplo Essauira por Mogador, he indicado entre paréntesis el topónimo usado actualmente. Como excepción, y para evitar confusiones, he utilizado siempre el término Marraquech para denotar la ciudad que, en el siglo XIX, llevaba en castellano el nombre de Marruecos.

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